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La Cegua Encarcelada

  • Foto del escritor: Librero de Diana
    Librero de Diana
  • 13 feb 2020
  • 3 Min. de lectura

Hola lectores,espero estén teniendo un gran inicio de semana.

Durante este último fin de semana,estuve en la búsqueda de relatos que pudieran gustarles,y en lo personal entre mi selección son los cuentos y relatos nicaragüenses con los toques de escritores jóvenes. Es así que me encontré esta versión de “La Cegua” ,contada por Don Gilberto Berríos Reyes. Y con la edición de su nieto y autor Roberto Berríos,gran amigo del Librero de Diana.


LA CEGUA ENCARCELADA


Pues mi viejo me lo contó y me lo juró, pero nunca supe si creerle completamente aquella loca historia.

Sucedió en Posoltega, por los años cuarenta, cuando aún la electricidad no había iluminado las noches nicaragüenses y la oscuridad más ominosa envolvía las calles del pueblo.

Era la época dorada de los espantos, los fantasmas, los demonios y toda clase de engendros malignos.

No era cosa rara que los trasnochados se encontraran con Monas Brujas que les tiraban piedras, luces fatuas que aparecían y desaparecían por el lado del cementerio, duendes que jugaban como niños en las soledades tenebrosas o los lúgubres quejidos de la Carreta Nagua que se deslizaba por las calles empedradas buscando un alma para llevarse.

De todos aquellos espantos, sin embargo, el más terrible tenía que ser la Cegua.

Mi abuelo, Gilberto Berríos, a sus quince años de edad ya era un bohemio incorregible y en más de una ocasión se había topado con la bruja.

Me la describía como una mujer de cuerpo escultural cuyas curvas se insinuaban debajo del vestido que lo cubría, pero con un rostro de caballo putrefacto de cuya boca desdentada brotaba una risa macabra.

Bueno, la cosa es que aquella noche de abril de 1947, alguien se topó con ella, pero tuvo la suerte de reaccionar antes de convertirse en su víctima: logró arrojarle un puñado de semillas de mostaza benditas y salir corriendo hacia el cuartel.

La bruja, atrapada por la magia de las semillas, ni siquiera hizo el intento de perseguirlo, mientras trataba inútilmente de recogerlas, una y otra vez, a pesar de que la mostaza saltaba de sus manos crispadas.

Mientras el monstruo se distraía en aquella obsesión repentina, la Guardia llegó al lugar y logró rodearla con mecates gruesos.

Por supuesto, aunque atraparla en ese estado era sencillo, retenerla no lo fue tanto. Tenía la fuerza de una yegua embravecida y los pobres soldados tuvieron que recurrir a los borrachos (entre ellos, mi viejo) para que los ayudaran.

Se necesitaron veinte hombres para arrastrarla al cuartel, entre jadeos de los captores y los berridos lastimeros de la bestia que hacían estremecer las tinieblas.

Finalmente la metieron en la celda a culatazos y patadas.

El amanecer ya se acercaba y todos decidieron quedarse cerca hasta que el cura pudiera ir a rezar por ellos y les diera una buena lavada de agua bendita.

Desde la celda podían escucharse los gemidos del monstruo que golpeaba las paredes con la furia de un semental, y los guardias dieron un par de tiros al aire en señal de advertencia.

Todo terminó al amanecer cuando la criatura se abandonó en un silencio total.

El cura llegó a las siete de la mañana, todavía eructando el café con leche, y de inmediato se le trató de mostrar a la bestia, pero era ya demasiado tarde.

A la luz dorada del sol, en medio de la celda, sólo había algunas ropas carbonizadas, tusa de maíz quemándose lentamente y un aroma dulzón a naranjas de Chinandega que flotaba en el aire todavía estremecido por los gritos de la Cegua encarcelada.

Cuento de Don Gilberto Berríos Reyes con anotaciones y ediciones de Roberto Berríos.

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